Históricamente, Estados Unidos ha aplicado políticas de confrontación y no de cooperación en varios lugares del mundo. Ocurrió en el siglo XX en América Latina, una región que, de haber disfrutado de estabilidad democrática, habría alcanzado tasas de crecimiento en PIB per cápita y clase media muy superiores y se habría convertido en un mercado natural para las corporaciones estadounidenses: muy probablemente una segunda Europa en capacidad adquisitiva, pero más cercana y con menores costes logísticos. Pero el titán norteamericano eligió promover y apoyar los procesos totalitarios a lo largo del continente. Esta lógica de confrontación se reproduce hoy en las políticas de Washington hacia China, una línea dura que no empezó con Trump, sino que ya esbozó Obama con el Pivot to Asia en 2011, reorientando recursos diplomáticos, militares y económicos hacia la región Asia-Pacífico, y continuó la Administración Biden.
Resulta ingenuo pensar que China se va a derrumbar por perder durante unos meses el acceso al petróleo iraní porque no depende de él para sobrevivir. Irán aporta solo una fracción de sus importaciones, y el crudo es un producto global y sustituible que está en los mercados para el mejor postor. China dispone de más liquidez que la mayor parte de países del mundo, como corresponde a su papel de super exportador de productos manufacturados y tecnológicos. Pekín puede comprar petróleo a Arabia Saudí, Rusia, Irak, Angola o Brasil sin alterar su estabilidad económica porque dispone de un superávit comercial anual de un billón de dólares (billón europeo). Además, lleva más de una década blindándose frente a cualquier shock energético electrificando masivamente el transporte, dominando la producción mundial de baterías (75%), expandiendo las energías renovables a una escala sin precedentes y diversificando sus proveedores de petróleo. A esto se suman sus enormes reservas estratégicas (1.400 millones de barriles, según estimaciones), que le permiten aguantar meses sin un proveedor concreto.
Por si esto fuera poco, en marzo de 2025 China, Rusia y Mongolia acordaron construir el gasoducto “Poder de Siberia 2”, que tendrá una capacidad de unos 50 bcm/año, una cantidad equivalente al antiguo flujo del Nord Stream hacia Alemania antes de la invasión ilegal de Ucrania. Al atravesar Mongolia, China se asegura un suministro terrestre directo desde Siberia occidental, lo que la hace invulnerable a las crisis en las rutas marítimas de Oriente Medio.
Esta reconfiguración de rutas no solo beneficia a Pekín; si en un futuro cercano el estrecho de Ormuz deja de ser un lugar estable, India también se verá reforzada y ocupará un lugar estructural en el nuevo orden energético. India está situada en el centro del Océano Índico, entre el Golfo Pérsico al oeste y la región del Sudeste Asiático y China al este. Cualquier ruta alternativa a Ormuz pasa por su zona de influencia. Cuando Occidente sancionó el petróleo ruso en 2022, India demostró que sabía exactamente qué hacer en un mercado energético caótico. Compró crudo ruso con descuentos de hasta el 30%, lo refinó en sus instalaciones de Gujarat y Rajastán y reexportó los productos derivados a Europa y Estados Unidos, que no podían comprárselos directamente a Rusia. Ganó tanto en el precio de compra bajo como en el de venta alto. Ese modelo lo puede repetir ahora con el crudo que no puede llegar a sus destinos habituales por Ormuz. India no pertenece ni apoya a ningún bloque. Tiene relaciones comerciales activas con Estados Unidos, Rusia, los países del Golfo, Irán e Israel simultáneamente. En un mundo polarizado eso constituye una ventaja estratégica. India dispone de puertos profundos, refinerías de gran capacidad, una banca con liquidez y una moneda que está intentando internacionalizarse a través de acuerdos de comercio en rupias con varios países. Cuando los flujos se desorganizan, se necesita un intermediario como India, con infraestructura real para gestionar el caos.
Pero el gran ganador sistémico del conflicto de Irán sigue siendo China. La transición energética que la guerra está acelerando a marchas forzadas pasa inevitablemente por Pekín. China fabrica tres cuartas partes de las baterías y módulos solares del mundo, domina el procesamiento de minerales críticos y ejerce ya un rol de punto de estrangulamiento en las tierras raras. Una mayor electrificación global supone, en la práctica, una mayor dependencia de China. No es una paradoja, sino la consecuencia lógica de dos décadas de inversión industrial continua. Y China no se limita a producir: también financia. Está proporcionando en torno a 250.000 millones de dólares en financiación comercial para energía limpia a cincuenta mercados emergentes. Muchos países, especialmente en Asia y África, están copiando ya su modelo energético: energías renovables, pero también carbón como red de seguridad. China se ha convertido en el ejemplo de resiliencia que el mundo en desarrollo quiere imitar.
Esto no significa que el gigante asiático carezca de vulnerabilidades: su crisis inmobiliaria, su dependencia demográfica y la fragilidad de su consumo interno son riesgos reales. Pero en el tablero energético específico que dibuja esta guerra, sus fortalezas superan con claridad a sus debilidades. Existe un punto débil sistémico de China, que es el del estrecho de Malaca, un emplazamiento por el que discurre la mayor parte de su energía importada y de su comercio marítimo. Este estrecho es un paso angosto y fácilmente bloqueable entre Indonesia, Malasia y Singapur, que mantienen una cooperación estratégica con Estados Unidos. Esta circunstancia convierte al estrecho en un posible cuello de botella con capacidad de estrangular su economía en caso de crisis o conflicto, y por eso China lleva dos décadas buscando rutas alternativas terrestres y marítimas, reforzando su presencia naval en el Índico y diversificando proveedores para reducir un riesgo que considera existencial.
Las dos grandes rutas alternativas que China ha construido para reducir su dependencia del estrecho de Malaca son el Corredor Económico China–Pakistán, que conecta Xinjiang con el puerto de Gwadar en el mar Arábigo mediante carreteras, ferrocarriles e infraestructuras energéticas ya operativas y en constante expansión; y el corredor energético China–Myanmar, formado por un oleoducto y un gasoducto que llevan petróleo y gas desde el puerto de Kyaukphyu hasta Kunming. Ambas vías permiten a China recibir energía desde el Índico sin pasar por Malaca y forman parte de una estrategia más amplia de diversificación y seguridad energética.
Este giro dispone de arquitectura institucional sólida: el acuerdo de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), firmado en 2020, creó el mayor bloque comercial del planeta, reuniendo a China, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y los diez países del Sudeste Asiático. Este tratado elimina aranceles de forma progresiva, armoniza la regulación y facilita las cadenas de suministro regionales. Su impacto estratégico es profundo: Asia puede crecer únicamente con su comercio interior porque su mercado continental ya supera en población y dinamismo a Europa y Norteamérica juntas. A través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB) y los acuerdos en monedas locales (Rupias/Yuanes), Asia está construyendo un sistema financiero que le permite seguir comerciando y financiándose incluso si Estados Unidos impone sanciones económicas o limita el acceso al dólar.
La guerra contra Irán, presentada por Washington como una operación de control regional, puede terminar acelerando precisamente aquello que Estados Unidos intenta evitar: el declive relativo de su hegemonía energética en un mundo que también girará alrededor de Asia.
Eduardo Luis Junquera Cubiles.
