El expresidente José Luis Rodríguez Zapatero cimentó su prestigio político sobre la ética, en ningún caso sobre la socialdemocracia. Las políticas económicas de sus dos Gobiernos se construyeron sobre la base de un neoliberalismo incomprensible e injustificable en una formación de izquierdas. Lejos de representar dos modelos económicos opuestos, Felipe González y Aznar aplicaron políticas económicas propias de la derecha estadounidense, encaminadas a transferir activos públicos estratégicos a un puñado de grandes bancos, corporaciones eléctricas, constructoras y grandes inversores. Zapatero no cuestionó nada de eso; al contrario, lo asumió plenamente e incluso nombró ministros que habían formado parte de los Gobiernos de Felipe González, que continuaron operando con las mismas lógicas neoliberales. Si bien durante sus dos mandatos se produjeron avances sociales como la Ley contra la Violencia de Género, la Ley Antitabaco y la Ley de Matrimonio Homosexual, en cuanto la situación económica se deterioró, Zapatero hizo honor a la trayectoria neoliberal del PSOE, optando por hacer recaer el peso de la crisis financiera de 2008 sobre la ciudadanía y no sobre los bancos que la habían causado.
Con el fin de cumplir las exigencias de los mercados financieros y bajo la presión directa de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI, Zapatero recortó en un 5% el salario de los funcionarios, congeló las pensiones, aprobó la reforma que retrasaba la edad de jubilación a los 67 años, redujo en 6.045 millones de euros la inversión pública, eliminó el cheque-bebé, recortó en 600 millones de euros la ayuda al desarrollo, abarató el despido, permitió que se incumplieran parcialmente los convenios y algunas obligaciones salariales de las empresas y reformó el artículo 135 de la Constitución sin referéndum y por el procedimiento de urgencia con el fin de dar prioridad al pago de la deuda pública (en manos de tenedores privados) antes que a la inversión social. Zapatero compartió con González y Aznar los fundamentos económicos del consenso neoliberal, de manera que nunca podremos verlo como un socialdemócrata. Zapatero solo puede ser esa pretendida “referencia ética de la izquierda” para aquellos que desconocen o deliberadamente ignoran la historia reciente de España.
El sistema mediático, académico y político nos dice que Zapatero fue un socialdemócrata. Todo esto tiene que ver con el desplazamiento de la línea ideológica hacia la derecha con el fin de que percibamos a formaciones como el PSOE, que defienden y practican políticas económicas de derecha, como si fueran partidos de izquierda, y a formaciones socialdemócratas como Esquerra Republicana de Catalunya, Sumar o Más Madrid como si fuesen peligrosísimos partidos comunistas cuya gestión destruirá la economía y acabará con las libertades. Esto es resultado de décadas de hegemonía cultural y mediática de una derecha que solo admite izquierdas domesticadas incapaces de corregir las injusticias sociales y la desigualdad.
Punto y aparte es la relación de Zapatero con la autocracia de Venezuela. Resulta más que difícil explicar que los mismos criterios sobre autoritarismo y vulneración de los derechos humanos que sirven para condenar históricamente y sin ambigüedad el franquismo (ausencia de tribunales justos y de libertad de expresión, partido único, encarcelamiento, tortura o asesinato de disidentes políticos, muerte civil de opositores al régimen, culto a la personalidad del líder, etcétera), se ignoren para continuar exculpando al castrismo, al régimen de Nicaragua o a la actual Venezuela. Hay una parte de la izquierda que defiende un estándar ético intransigente con los fascismos del pasado siglo, mientras se niega de manera sistemática a condenar las violaciones de los Derechos Humanos que se producen en estos países.
Causa una indignación sin límite escuchar a un expresidente de una democracia plena como España presumir de ser amigo de alguien con el perfil político de la actual presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, y de su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional. Zapatero tal vez no llegue a imaginar que, durante las muchas noches que ha pernoctado en Caracas en los últimos años, a escasos kilómetros, en el centro de El Helicoide (la prisión más temida del régimen) se torturaba a presos políticos, tal como han denunciado organizaciones de defensa de los Derechos Humanos como Foro Penal, PROVEA, Human Rights Watch, Amnistía Internacional y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Mencionar ese aprecio sincero por quienes, en definitiva, son los máximos responsables de esas torturas y hacerlo con esa solemnidad y convicción tan propias del personaje es motivo más que suficiente para que dejemos de verle como una referencia ética, especialmente quienes aspiramos a mantener un mínimo de coherencia moral y política.
En la misma línea, no puedo dejar de señalar la anomalía de que un presidente del Gobierno acepte unas joyas sin cuestionar su procedencia y sin cederlas a Patrimonio Nacional (tal como obligaba la normativa), y que se nos dé la peregrina excusa de que en 2007 los estándares morales eran diferentes a los de 2026, como si la ética y la transparencia fuesen atributos del Estado de derecho solo presentes en nuestros días. Zapatero eludió el Código de Buen Gobierno que él, y no otro presidente posterior, había aprobado en 2005. No es admisible que la Policía Nacional encuentre en su despacho joyas valoradas en más de 1,3 millones de euros sin respaldo documental. Las democracias no sucumben únicamente ante aquellos que quieren imponer proyectos totalitarios, sino ante quienes, investidos de una supuesta autoridad moral, convierten la ley en una obligación para todos menos para ellos mismos.
Eduardo Luis Junquera Cubiles.
